Los primeros cristianos habían cambiado de vida por puro y simple contagio del amor y de la libertad que había transformado radicalmente la forma de obrar de aquellos pocos testigos de quien “todo lo hizo bien” y dejó muy claro la pauta de acción para los comprometidos a continuar su obra: “se conocerá que sois discípulos míos en que os amaréis los unos a los otros”.
De hecho, el Cristianismo vino a romper los esquemas de las viejas relaciones sociales a base de revolver en el poso de la conciencia de las personas de buena voluntad; es así cómo poco a poco, generación tras generación, el “grano de mostaza” se fue haciendo árbol hasta ahora, en que parece que se está agostando como tantas otras veces ha ocurrido a lo largo de la historia y a causa de distintas especies de enfermedad: apatía, fundamentalismo, ley del más fuerte, pedantería académica, conciencia burguesa, odio de clases, materialismo visceral o eso que se llama relativismo y podemos traducir por la desesperante e inconveniente estupidez de “nada es verdad ni mentira sino que todo es del color del cristal con que se mira”.
Pues no: hay verdades como que la Tierra ofrece recursos para que nadie se muera de hambre y que son millones los que de ella mueren, que el progreso permite erradicar tantas y tantas enfermedades a solo de que se preocuparan de ello carísimas organizaciones internacionales “habilitadas al efecto”, que se desencadenan guerras por puro capricho o torticeras maniobras de distracción de algún poderoso o arribista de turno…, etc., etc...
Verdad también es que a ti y a mí nos corresponde la obligación moral de aportar lo que esté en nuestra mano para que a esos verdaderos problemas se enfrenten no menos verdaderas y efectivas soluciones. Para ello nos vienen a la memoria contundentes fórmulas cristianas como aquella de bueno es “que aprendamos a sobresalir en la práctica de las buenas obras, atendiendo a las necesidades urgentes para que no sean inútiles” (Tito. 3,14): ello se traducirá en que, tal como se nos indica (1 Cor. 12,7…) cada uno aportará a la sociedad lo mejor de sí mismo generosa y libremente. Y ya que de lo que se trata es de no perdernos por las ramas de la divagación e ir a lo concreto, a los que vivimos por encima de nuestras necesidades nos viene al pelo el recordatorio de uno de los Padres de la Iglesia: el pan que no comes, pertenece a los que tienen hambre, el vestido que no usas a los que tienen frío, etc., etc.,…
Claro que depende de ti y de mí hacer algo para que la cosa empiece a cambiar, desde el rincón en el que vives hasta la última frontera de la Aldea Global.
Me encantas sus libros ya recibí dos hace tiempo ,ahora encontré este Bloguer y me he hecho seguidora con su permiso tal cual me indica en su correo voy a difundirlo por mi pagina de Facebook. Un cordial saludo. Maria Angustias
ResponderEliminarGracias, muchas gracias por tu "seguimiento", amables comentarios y demás. Afectuosamente
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